El agua caía sobre mi cuerpo purificándolo, como si de cuchillas se tratase mi piel se agrietaba reviviendo así. Las gotas caían sobre mi rostro, deslizándose camino abajo como lágrimas, las gotas empapaban mis párpados y mis mejillas. Mi melena rubia oscurecía con una reverencia al acto. El cálido abrigo abrazaba mi pecho y mis caderas. Envuelta en múltiples sensaciones mis oídos hacían eco del reproductor que sonaba en el baño y a cien metros de mis pensamientos. Con mis manos apretaba mis hombros contrayendo el pecho para imaginar que él estaba ahí, que no se había ido; mi viejo coronel.
Apagué la corriente acuática y salí de la ducha, apunto de coger una toalla me percaté del espejo, estaba empañado. Pasé mi mano para verme el rostro pero sólo vi una leve imagen borrosa. Abrí la ventana, estaba lloviendo, el vapor del baño se acomodaba para enfrentar una ardua pelea contra viento. Sin saber por qué quedé inmóvil mirando a través de la ventana, me gustaba sentir ese el frío que penetraba en mi purificada piel. La batalla llegó a su fin; el viento helado y el vapor ardiente, dos contrincantes y ningún ganador.
Desperté y me coloqué una toalla sobre el pelo y otra enrollada en mi cuerpo, salí a vestirme.
Metí mi pie en un tacón de mediana altura, subí una falda de cintura a tobillos, me apreté la camisa y me até la corbata, sin miedo al viento dejé la chaqueta sobre mi brazo y salí de casa.
Al salir del portal el viento de hielo rajó mi rostro, mis huesos se encogieron y mis deseos de rebeldía quemaron carbón en mi interior. Sin darme cuenta de las nubes que se imponían al cielo anduve hasta que en un paso de peatones una diosa de blanco me acarició, miré al cielo y me pregunté mientras dejaba que me rozara la cara si en Afganistán también estaría nevando.
Desperté en el suelo, la sangre brotaba de mi interior y salía por mi boca, tenía la vista cansada, la respiración floja. Me di la vuelta y contemplé un coche estrellado contra un poste: humo negro salía de su gran boca. La nieve caía sobre mi rostro curando mis heridas, alcé mi mano, la miré fijamente ¿El final?, tanto tiempo esperándote para no tenerte. Lágrimas congeladas tapaban la visión de mi mano que dejé caer para dormir.
Volví a despertar, esta vez en el hospital, la cabeza me daba vueltas y las náuseas eran incontrolables. Alrededor de mi cama mis hermanos y mi madre me contemplaban con los ojos cansados, noches de guardia. Del ojo derecho de mi madre brotó la primera lágrima pero no la última. Una mano agarró el hombro de mi madre, el hombre la abrazó y besó sus mejillas, más tarde se acercó a mi camilla: se quitó su gorro y todas sus medallas:
- Mis medallas y mi honor son tuyos cariño, pues por ti he luchado hasta hoy, descansa, te espera un día largo. Me besó y se alejó.
Complacida dejé que mis párpados se cerrasen una vez más.
Me senté en un banco observando la gente cada uno en una atmósfera de diferente oxígeno, empezó a llover, las heridas de mi accidente aún eran muy recientes y me dolían asique me fui a casa. Mi madre amarraba débilmente la sartén con una mano y un bote de pastillas con la otra, durante la comida nadie pronunció palabra alguna. Minutos después se levantaron y salieron de casa, confusa les perseguí y llegamos a un descampado, el silencio era perturbador. Mi novio llegó, hacía años que no le veía sin su uniforme de coronel y me entró una alegría enorme al verle, corrí a sus brazos pero él se dirigió directamente hacia mi madre. Les seguí como una ladrona hasta una placa.
Ni me miró cuando me dijo adiós, su voz temblaba y el miedo le sucumbía, dejó caer una rosa roja sobre mi ataúd y lloró en silencio.
Atenta a mi destino decidí transformarme en mi cuestión personal y les regalé una ráfaga de aire, las hojas se alzaron y cayeron sobre mi tumba, una brisa de viento cálido besó a mi soldado. Sonreí y marché en busca de vuelos altos...

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