El lápiz navega por mis ojos, dejando una perfecta línea a su paso como un caracol, el color rojo pasa por mis labios sangrando mis palabras, la sombra oscurece mi mirada y el maquillaje tapa mi verdadera cara. Con camisa, pero sin botones; Con falda, pero sin longitud; Con medias, pero sin opacida; Con tacones, pero sin estabilidad...
La camisa blanca aprieta mis pechos, la falda enseña su deseo, las medias estimulan lo ya estimulado y los tacones elevan el desastre.
Me encuentro esperando al miedo, sellándome en la necesidad, protegiendo a lo verdaderamente importante. Llega un coche, se para delante tuya, sabes que el miedo al que esperabas y odiabas está observándote, esperando a que te subas en el carromato y lo acompañes al infierno. Y aun sabiendo que estás junto al mismo demonio, abres la puerta, y sin mirarle a los ojos, te montas, y esperas llegar a la puerta de cerbero mientras ignoras las necias palabras del diablo...
Llego a casa, está amaneciendo, la pintura se ha difuminado por mi rostro, formando una especie de máscara rota, la ropa aprieta e incomoda, las drogas envuelven mi mente y la resaca se ocupa del dolor. Ando sin poder mantener el ritmo. Abro la puerta de la habitación de color de rosa, ella está durmiendo plácidamente, las lágrimas se me escapan cuando cierro la puerta para que no despierte y vea la sucia vida de mamá. Llego al dormitorio, vacío, tal y como lo dejé. Sin darme cuenta es por la noche, tengo que volver al trabajo y no sé cómo enfrentarme a él, vuelvo a colocarme el antifaz y el traje de payaso. Salgo de casa sin hacer ruido, pues no quiero despertar a mi hija y que me vea caminar hacia mi espinar.
Así transcurrieron varios años, hasta que un día... Los resultados del exámen médico tomaron el VIH como positivo en mi sangre, no es raro encontrar a una prostituta con sida, sin embargo, es raro saber que tú lo posees. He trabajado a costa de mi cuerpo, forzándolo para poder mantener a mi hija y a mí misma en un vida mínimamente mediocre, no puedo quejarme por haberlo contraído, pero son estos momentos en los que te das cuenta que tu vida no puede continuar a éste ritmo, que ha de cambiar, pero ya es tarde, la gente te conoce, te mira por las calles, murmuran sobre ti, gritan a tu costa y como no, rechazan lo visto. !Hipócritas¡ a más de una señora me gustaría contarle que su marido no está muy satisfecho con su esposa.
Como toda una señorita dispuesta a hacer de mi vida algo de provecho me retiro el antifaz, el lápiz corrido desaparece dejando una clara piel escondida tras de sí, es hora también de ajustar cuentas con los botones de la camisa, olvidar los dobleces en las faldas y comprar una media nuevas. Me suelto el cabello, pero no me gusta lo que veo, mi pasado me atormenta, me quito los tacones y los suelto en la basura, cojo unas tijeras y hago de mi, una nueva persona. Y por fin, con ilusión e imagen nueva, con emoción y esperanza nueva me dirijo al cuarto rosa para decirle a mi hija que mamá marcha en busca de vida.
Las ilusiones son cosa de ilusos, la imagen es un solo escondite, la emoción es pasajero y la esperanza es de necios. Nadie quiere a una chica que el VIH atormenta y la prostitución representa, salí una noche con ganas de empezar, pero terminé por una noche acabando. Con las puertas cerradas y las ventanas abiertas, el cielo no quiere darme paso, quiere que salte, que salte a lo más hondo, y como tonta no puedo saltar, pues ya salté al vacío cuando me abrí en par.
Durante los últimos años de mi vida estuve encerrada en una cama sin poder salir, el virus me destrozaba. Mi hija me cuidaba muy apenada, sabía cuál era mi destino y no podía cambiarlo. Sin embargo, sabiendo mi condición, un hombre me visitó cada uno de los días, se trataba de un sacerdote de un pueblo realmente lejano, me contaba historias de sus viajes, de la gente a la que había ayudado y extrañas hazañas que llamaron mi atención, llegó un punto, en el que conocí al señor amor sin darme cuenta, pero ya era tarde, mi vida estaba desgastada y no habría una segunda oportunidad.
Una noche no más importante que cualquier otra pasada agarrada de la mano por aquel hombre, se me acercó al oído para decirme que estaba locamente enamorado de mí. Me confesó como si de su Dios me tratase que sacrificaría su toga si me quedaba tan sólo una semana más, y así lo hizo. Paseamos por parques y vimos el cantar de los violines, subimos a la colina más alta del pueblo para enfrentarnos contra el viento, cortándolo en dos.
En una camilla y con una sonrisa en los labios besé a mi hija, agarré sus manos y me mordí el labio, una lágrima me burló y escapó. Miré a mi amado, se acercó a mi niña y la agarró por los hombros. Espérame me pedía mientras yo cerraba plácidamente los ojos.
Rosa negra
Publicado por
Unknown
martes, 16 de marzo de 2010
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