
Cerca del 1864 la guerra había acabado y la gente comenzaba a viajar, volviendo a casa o a buscar un hogar nuevo. Aún quedaban malheridos y catapultas en desuso en mi pueblo y un día cualquiera coloqué mi sombrero texano sobre mi cabeza y me senté en un banco frente a la estación de tren. Encendí un cigarrillo y tras fumar una calada expulsé el humo mientras alzaba la cabeza y miraba al cielo. Era una mañana de primavera, hacía un fuerte viento y el aire se colaba entre montaña y montaña regalándonos un fuerte aroma a pino.
La llegada de un nuevo tren y su contribuyente ruido me sobresaltaron, pero no tanto como la belleza de una dama que bajó de éste. Vestía un lujoso vestido verdoso, amplio y largo; hasta los tobillos. Lucía también unos guantes de terciopelo blanco y los conjugaba con unas magníficas joyas. Los rayos del sol no podían penetrar el tocado que la protegía. Llevaba un recogido perfeccionado y entre sus brazos, como una serpiente pasando por su espalda, colgaba un fular blanco marfil. A su lado, un hombre robusto y bien trajeado le llevaba el equipaje. Momentos antes de pasar de derecha a izquierda por delante de mí la chica alzó su cálido rostro y me miró. Tan sólo fue un instante, pero sus ojos almendrados y verdes como la oliva me cautivaron. La ceniza se derramó sobre mis pantalones, aunque gracias a mis reflejos no llegaron a quemarse. Cuando volví a mirarla, ya había desaparecido. Y pasadas dos semanas de la llegada de la dama volví a encontrármela. Yo era un cazarecompensas (el mejor de mi zona) que trabajaba a cargo del Sheriff del pueblo. Y ésta era su hija, su intocable hija. Apenas me miró cuando me la encontré en la oficina del sheriff, se mostraba fría y pasiva, era la princesa de hielo. El jefe inadvirtió mi evidente atracción y me asignó un nuevo caso; debía derrocar a un villano que se escondía en las colinas y robaba a la gente, sus trabajos eran limpios y no dejaba huella; Su recompensa era altamente atractiva. Y con el corazón congelado y un nuevo objetivo esperé a la noche y me adentré en el bosque. Avancé por la maleza hasta que llegué a un edificio de escasos recursos, apenas tenía cristales en las ventanas y el tejado estaba destruido. Unas cuantas tablas bloqueaban la entrada principal. Rodeé la casa y tras ella, encontré un cementerio. Atónito me acerqué cautelosamente. Eran tumbas alienadas y organizadas imperfectamente. Sobre cada montón de tierra se encontraba un crucero hecho de piedra.
Seguí investigando la zona pero no había rastro del ladrón. Esperé y esperé, hasta que alguien apareció. Era ella, la hija del sheriff. Me escondí y la seguí con la mirada. Disimuladamente miró a su alrededor y cavó un nuevo hoyo donde enterraría las joyas que había robado esa noche. Después de hacer la cruz y situarla encima de la tumba se perdió entre los árboles bañada en tierra. Apenas podía creérmelo y corrí al cementerio del oro. Cavé y cavé y sólo joyas encontré. No era solo una ladrona de alientos. Miré mi revólver y me adentré en el pinar para encontrarla. Llegué a un río, ella se estaba lavando el vestido y sorprendida cayó sobre el agua al verme. Saqué mi arma y la apunté, sin embargo fui incapaz de disparar. Me acerqué a ella y la cogí de la mano, y entonces empezó a reírse. Escuché como a mis espaldas como el martillo de un revólver se preparaba para disparar. Me giré y seguidamente el sheriff me disparó. La dama se levantó y me apartó de su lado utilizando la pierda. Caí sobre el flujo del río y mientras la chica se desnudaba, el sheriff se acercó a mí y volvió a apuntarme. Mi amor se quitó el vestido rosa que lucía momentos antes, no tenía pecho. Pero sí un fuerte abdomen y pectoral. Se quitó sus guantes y los tacones, también la falda y la faja. Por último se deshizo de la peluca. Mi princesa de hielo era un inmenso vació, era un hombre. El sheriff volvió a dispararme y lo miré. Descubrí en sus ojos la farsa, tan sólo querían oro y un cazarrecompensas no servía ya de nada acabada la guerra. Otro disparo me fulminó y el joven muchacho le arrebató la pistola a su padre, me miró fijamente y me disparó el último disparo. La vida se escapaba de mi cuerpo, ambos se alejaban y poco a poco fui cerrando los ojos. Me dejé llevar y me casé hasta la eternidad con el agua del río y su corriente.
Princesa de vacío
Publicado por
Unknown
martes, 21 de diciembre de 2010
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