La presa del águila


El señor Hopkins era un hombre organizado. Los lunes limpiaba su casa, los martes hacía la colada, los miércoles planchaba la ropa y los jueves cortaba su césped. Después le quedaba su día libre que aprovechaba para tomarse una copa de vino mirando por su ventana o tomando el aire fresco de su porche. Este buen vecino quería y era querido en su vecindario y muchos de los niños se acercaban a él cuando lo veían. El señor Hopkins era feliz y estaba totalmente lleno de satisfacción. Pero Si una cosa echaba en falta el señor Hopkins era asesinar a su vecina, la señora Esther Zanzíbar. Cada viernes, mientras se tomaba su copa de vino blanco, el señor Daniel Hopkins observaba a Esther con descaro no disimulado.
La señora Zanzíbar era una mujer entrada ya en los años avanzados. Su temprana viudez la había dejado con muchas cosas: Muchas deudas por pagar, muchas lágrimas que derramar o muchos años que vivir sola. Pero sobre todo, muchos planes de futuro rotos. Esther se casó muy joven, apenas tenía veinte tres años y ya esperaba su primer hijo. Pero su marido murió en mitad de un tiroteo en chicago. Esther no pudo soportar su muerte y su pena se manifestó en forma de aborto. Las deudas y la intranquilidad obligaron a la señora Zanzíbar a vender su casa en chicago y mudarse a un bonito barrio a las afueras de nueva york.
Pocas semanas después de la mudanza, otra familia, la que sería muy feliz, se trasladó a la casa de al lado. La inocente de Esther les dio la bienvenida con una sonrisa y una flor para el pequeño.
Las cosas iban bien en ese humilde barrio salvo por un pequeño detalle; Cada vez que los Hopkins discutían, el pequeño Daniel salía al balcón y miraba a la señora Zanzíbar a través de su ventana. Ella no se daría cuenta hasta tres años más tarde, cuando tras ducharse decidió abrir la ventana para dejar escapar el vapor y vio al hijo de los Hopkins mirándola con la mirada de un águila. Con los ojos muy abiertos y la mandíbula retorcida.
Desde la muerte de sus padres, Daniel Hopkins se había encargado de mantenerse vivo sin ayuda de nadie. No le hizo mucha falta buscar trabajo, pues podía costearse con la herencia de sus padres. Muchas personas fueron a darle el pésame al joven Daniel cuando se quedó huérfano, casi todo el pueblo y todo el vecindario. Todos menos una mujer: La asustada Esther Zanzíbar.
Daniel Sujetaba la copa de vino del viernes con sobresaliente fuerza mientras miraba a Esther cuidar sus rosales o recoger el correo. El señor Hopkins no la odiaba ni le guardaba ningún tipo de rencor, simplemente sentía ganas de matarla. Y eran tantas sus ganas, que muchas de las copas se rompían en sus dedos.
Daniel tenía una libreta en su habitación. En ella, cientos de bocetos e ideas para matar a la señora Zanzíbar se escribían. Pero ninguno era satisfactorio, el señor Hopkins quería encontrar la manera con la que llegaría al clímax. Y es por esto el por qué la miraba tan fijamente desde su juventud. La observaba y se imaginaba con algunas maneras de matarla, al final del día escribiría en su cuaderno las más placenteras.
Daniel Hopkins era un hombre paciente, pero tenía treinta y cuatro años y la señora Zanzíbar los setenta. El buen vecino sabía que si no se daba prisa, la naturaleza podría arrebatarle su razón de vivir, y es por eso que una noche se presentó en casa de su vecina. Tenía un plan; Conduciría a Esther hasta la escalera, donde ataría una cuerda a su cuello, pies y manos a la barandilla, después la dejaría caer sin dejar que muriese. Tras la pérdida de oxígeno y el golpe, la señora Zanzíbar debería estar débil y confusa, es entonces cuando el señor Hopkins abriría su estómago a golpes con sus propias manos. Luego destrozaría su cadáver y lo escondería en la tumba que ya había comprado con un nombre y apellido inexistente.
Pero lo que Daniel no sabía es que la barandilla de la señora Zanzíbar estaba carcomida por las termitas y cuando fue a soltarla, ésta se partió y la señora cayó sobre ella. Conmocionada por el golpe, Esther se libró de sus cuerdas y se levantó. Vio cómo su agresor bajaba las escaleras con intención de acercarse a ella. Esther se levantó y corrió hasta la cocina, asustada empuñó un cuchillo típico de las películas de terror y pidió auxilio con la poca voz que le habían dejado los años. Daniel se acercaba cautelosamente hacia su presa, con sus ojos de águila y saltó hacia ella. Cuando despertó, un charco de sangre empapaba el suelo, y bajo él, la señora Zanzíbar lloraba asustada, inmóvil manteniendo el arma que atravesaba el costado de Daniel. Éste se levantó y observando el cuadro, se sacó el cuchillo y se lo clavó a Esther. Una y otra vez. Y mientras ella lloraba y pedía clemencia, y mientras la apuñalaba lamiéndose la saliva que le iba cayendo. Una joven pareja se besaba en la puerta de casa, un matrimonio hacía el amor y otros se drogaban con la música bien alta. Daniel disfrutó su momento y ni en sus cientos de planes escritos ponía que la forma más sencilla sería la que le hiciese llegar a su orgasmo más negro. Y mientras Daniel se lamía esta vez la sangre de sus dedos, la gente bebía agua, apagaba las luces y se dormían, sin enterarse jamás que la señora Zanzíbar se descompondría en la tumba de una tal Samanta Preston.

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Cuando dos sentimientos chocan y se pisan se produce una colisión.