Sentada en la incómoda silla de un hospital la chica agarraba con fuerza la mano de su novio moribundo. Él apenas podía pronunciar palabra alguna pero su complicidad y el deseo de entenderse eran tan grandes que tan solo bastaba una mirada para comunicarse. Ambos sabían que eran sus últimos momentos juntos, sus últimos momentos de intimidad y sus últimos momentos de vida. Sin apenas aliento el chico giró la cabeza hacia la silla, ella se levantó rápidamente, siempre sin soltarle la mano, y se acercó casi sin tiempo. La respiración de la amada se frenó durante unos instantes cuando él sonrió paralizándola en una posición de vacile. Dubitativa la futura soltera dejo escapar dos bocanadas de aire y volvió a quedarse inmóvil, fue entonces cuando las lágrimas afloraron en ambos amantes. Era el momento del fin, el momento de alejarse, de separarse y de despedirse. La lágrima del chico recorrió su rostro hasta llegar a su costosa sonrisa, fue entonces cuando otra de las miradas, culpables de matar a las palabras, le dijo adiós y permitieron que el rostro se relajase cerrando sus ojos y apagando su sonrisa. El rostro pasó a mostrar una satisfacción de paz. El cuerpo de la chica la obligó a respirar y fue entonces cuando una lluvia de lágrimas inundó sus ojos. El llanto era silencioso pero la impotencia en su interior gritaba con rebeldía. Los latidos de su corazón bombardeaban su pecho intentando escapar de él. Las lágrimas aún seguían saliendo en fila de sus ojos a toda velocidad y cada vez con más fuera, tanta resbalaban por todo el rostro de la chica e incluso llegaban a la mano del difunto, aun agarrada por ella.
Esas manos unidas que había estado abrazándose en vida y en la muerte de una de ellas se desvanecieron como la vida del reciente amor. Ahora libres las manos de ella empezaron a agitarse nerviosas, los dedos descolocados y las muñecas irritantes mientras que las manos de él se dejaron caer por el propio peso de su carne muerta.
La muchacha, en un intento de cordialidad, se pasó las manos por su rostro para aclarárselo y más tarde llevó las manos mojadas a su pelo apartándolo de su cara y ver con claridad como su amante yacía en la cama, sin vida.
Ellos ya sabían acerca de la enfermedad de él desde hacía tiempo atrás y ella creía estar preparada para ese momento, pero como todos los ingenuos que piensan con certeza, se equivocaba en cómo sería. Finalmente besó a su novio sin vida a la vez que familiares entraban en la habitación para socorrerla y consolarla. Fue entonces cuando se acabó su último momento a solas, su último momento de intimidad, su último momento de amor.

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